Postparto en el hospital.

Postparto en el hospital.

Postparto en el hospital.

El postparto durante la primera semana no fue fácil, pero tampoco fue muy malo. Como ya os conté como fue el parto, ahora os cuento lo que fue aconteciendo por día para que valoréis vosotros.

Día 1, lunes.

La primera mañana en el hospital tras el parto fue un ir y venir de conocidos y amigos. Yo, aún bajo los efectos de los calmantes que me suministraban y la nube en la que me encontraba, pasé la tarde muy feliz.

Teníamos una compañera de habitación que había pasado por lo mismo que yo: un parto por cesárea. Su marido, ella y su hijo llevaban ingresados tres días, pero al parecer el pequeño tenía ictericia y debían quedarse un par de días más, como mínimo, para ver si mejoraba. ¡Qué bien! A pesar de compartir habitación parecía que habíamos tenido suerte y se veían apañados.

Para nuestra sorpresa esa misma tarde los trasladaron a un habitación individual por si a su bebé le hacía falta la lámpara que necesitan los recién nacidos con bilirrubina.

¿Quién vendría ahora? Nuevamente tuvimos suerte. Un poco más tarde nos trajeron a los nuevos compañeros. Eran una pareja joven. Ella tenía veinte años y él debía rondar la misma cifra. Al parecer ya habían estado ingresados la semana anterior pero no había dado a luz. Ella estaba de cuarenta y dos semanas y las contracciones se le sucedían sin llegar a dilatar. A pesar de su juventud y de los dolores que parecía tener se le veía una chica fuerte y con las cosas muy claras.

Fueron pasando las horas y nos fuimos quedando solos los tres -y los vecinos de cuarto.- Poco a poco comenzamos a ser conscientes de que nuestra realidad había cambiado. Hace a penas unas horas éramos dos y de repente -bueno tras casi nueve meses 😆-, nos habíamos convertido en tres. Marc y yo mirábamos a Liam con una mezcla de alegría, de amor incondicional y de incredulidad 😍. ¿De verdad ese pequeño que yo sostenía en brazos era nuestro? ¿Y ahora qué? ¿Dónde estaba el libro de instrucciones? No había duda, éramos padres primerizos. Con la mirada asustadiza íbamos observando cada movimiento de nuestro bebé. Como si poco a poco los conocimientos de paternidad se nos hubieran introducido en el cerebro, por arte de magia fuimos asistiendo cada una de sus necesidades: lactancia materna, cambio de pañales, dormirlo, etc.

No, no fue sencilla la primera noche. Liam, a pesar de succionar perfectamente, extraía calostro pero no le era suficiente. El llanto fue constante. Yo con las quince grapas exteriores y los puntos que tenía en el interior -nunca me dijeron cuantos eran- a penas podía moverme. No tenía fuerza en el abdomen para incorporarme. Marc tenía que acercarme al peque cada vez que demandaba comer. También tenía que cambiarle él el pañal, a menos que me pusiera al niño en la cama. Ni siquiera me podía levantar para ir al servicio. Y además sufríamos por la chica que teníamos de compañera de habitación porque así la pobre no podía descansar. En fin, la noche fue larga para que nos vamos a engañar.

Día 2, martes.

Por las mañanas la rutina comenzaba bien temprano. La habitación se llenaba y se vaciaba de empleados del hospital: enfermeros, médicos, celadores, los que traían el desayuno, etc. Así que, entre unas cosas y otras, comenzamos nuestro segundo día de paternidad en el hospital arrastrando el cansancio de nuestra primera noche en vela. Esto solo acababa de empezar. 😩

El día transcurrió con más visitas, más médicos, más pinchazos, el primer baño de Liam al que no pude asistir, aunque Marc sí y he de decir que cogió muy rápido el truquillo para luego explicármelo. ¿Creéis que le gustó al peque? Pues no. 😂 Nuestro bebé lloraba cada vez que se encontraba desnudo. Eso significa que cada vez que le cambiábamos el pañal o cuando lo bañaban berreaba como si lo estuvieran matando. Vaya escándalo liaba en la planta. Además ya éramos capaces de distinguir perfectamente el llanto de nuestro hijo aunque estuviera lejos. ¡Qué fatiga! Pero no se podía hacer nada más que aguantar. La segunda noche fue un poco más de lo mismo: lloros, pocas horas de sueño, etc.

Día 3, miércoles.

El tercer día comenzó igual: desayuno, enfermeras, médicos, pinchazos, pediatras, baño de Liam, visitas, etc. A mí me sacaban sangre cada mañana para hacerme análisis y a Liam le hacían las pruebas de rigor como la del talón. Ese día nos dijeron que el pequeño tenía ictericia y seguramente, igual que a nuestros primeros compañeros de habitación, nos cambiarían a un cuarto individual por si tenían que poner lámpara. Por un lado nos daba pena dejar a nuestra vecina, que aún no había dado a luz después de tres días. Por otro, si nos trasladaban ella podría descansar y nosotros estaríamos más tranquilos.

Supongo que ya lo sabéis pero una de las consecuencias de la ictericia es que el niño presenta un color amarillento en el cuerpo. Liam tenía ese color sobre todo en la parte superior del torso y especialmente en el blanco de los ojos. Daba penita, pero no dejaba de ser algo previsible ya que su sangre A+ y la mía 0- eran incompatibles. Por eso mismo tuvieron que pincharme para suministrarme gamma-globulina igual que hicieron en mi embarazo.

Como sufría tanto el pequeño para todo y encima tenía este problema, comenzamos la maternidad preocupados por él. Su padre lo pasaba fatal. Recuerdo que me decía: “Algo le pasa. Desde pequeñito y ya sufriendo.” 😩

El tercer día decidí levantarme para no atrofiarme y por fin pude ducharme. ¡Qué gusto, por favor! – Cómo se valora lo bien que está uno cuando está bien en los momentos en los que no lo está.-

Antes de cambiarnos de habitación vino una enfermera para decirme que yo tenía una anemia importante y que tenían que ponerme dos bolsas de hierro. Advertencias: prohibido levantarme al servicio, prohibido coger a Liam o quedarme de pie sola. ¿¡En serio!? ¡Ahora que estaba empezando a mover las piernas y dar paseos para recuperarme! 😢

Esa tarde me suministraron el hierro en vena y a la mañana siguiente me repitieron los análisis para comprobar si los niveles habían mejorado.

Nos trasladaron. He de decir que la habitación era mucho más cómoda que la anterior. Tenía un gran ventanal que dejaba pasar la luz y el baño era privado. Definitivamente habíamos ganado en intimidad y comodidad.

Creo que no os lo he dicho. No, Liam no quería dormir en la cunita del hospital. En dos palabras: “im-posible”. Consecuencia: dormía en mis brazos cada rato y yo con él porque estaba agotada. Entre lo que no dormía y mi anemia era una piltrafilla. La gente no me lo decía pero yo me veía. Estaba hinchada de tanto suero y tanta cosa que me metían y además tenía un mal color. No sé si era amarilla, blanca o verde, pero mi cara tenía más o menos un color resultante de mezclar esos tres.

Nuestra primera noche en el nuevo alojamiento fue mejor porque Marc pudo dormir con un reposapiés, yo porque estaba más tranquila de no molestar a nadie y Liam parecía que también. Sólo había un problema. Al haber sido un parto por cesárea la leche estaba tardando más de lo normal en salir y el peque no se saciaba con el calostro. Cada nada estaba enganchado en mi pecho y succionaba muy fuerte. Al seguir teniendo hambre volvía a llorar y mis pezones estaban cada vez peor. Y no, no era problema de cómo mamaba.

Esa noche mi novio se acercó al nido de la planta del hospital para ver si alguien podía venir a ayudarnos. Así fue como conocimos a la experta en lactancia del hospital. Desde aquí mil gracias. Nos ayudó mucho. En primer lugar, me tranquilizó saber que sí que tenía leche y bastante, aunque todavía no saliera suficiente para saciar a mi bebé. Me dio recomendaciones sobre como hidratarme los pezones: con mi leche, con aceite de oliva o con alguna crema de esas de farmacia. Yo había llevado Purelan, aunque he de decir que me vino mejor el aceite de oliva. También me ayudó a masajear el pecho para que saliera más. Además nos prestó una pezonera para que me la colocase en el pecho izquierdo que se me estaba empezando a agrietar. Estos remedios no fueron instantáneos, pero ayudaron a que al día siguiente sintiera menos molestias y Liam comiera mejor.

Día 4, jueves.

El cuarto día comenzó mejor. En principio todo como cada día: visitas médicas, desayuno, baño del bebé, etc. Yo aproveché la visita de mi madre para ducharme, con ella dando vueltas por el servicio por la advertencia que me hicieron los médicos el día anterior de no quedarme sola por la anemia. Además, harta ya de los camisones del hospital, me puse el pijama que había echado en la maleta. No sé, pensé que al menos así me cambiaría la cara. 😅 No sirvió de mucho, pero estaba más cómoda.

Al masajear los pechos por la noche por fin subió la leche. 👏 Se acabó el calostro y el peque empezó a comer como un campeón.

Ese día debían decirnos si nos daban el alta o no. Estábamos esperando los resultados de Liam y los míos. Fue a media mañana cuando pasó el pediatra. Al parecer mi bebé estaba mejor de la ictericia y si seguía así podríamos irnos a casa. ¡Qué bien!

Ahora sólo quedaba yo. La alegría duró poco. El médico pasó y me comunicó que, a pesar de las dos bolsas de hierro que me habían puesto el día anterior, los valores no eran buenos. Literalmente me dijo: “No te podemos dar el alta. Esta tarde te haremos transfusión de dos bolsas de sangre. Ahora mismo el valor es de 7,1 y si baja a 7 tendrías que quedarte ingresada una semana más. Básicamente tienes la mitad de la sangre que necesitamos para que el cuerpo funcione y sabemos que en casa no vas a estar relajada. Así que esperamos que con esta transfusión mejores un poco.” ¿Qué significaba eso? Pues que al menos estaríamos allí un día más. 😭 Al menos estaría más controlada, porque no es cosa de risa la falta de hierro.

Por la tarde me pusieron una bolsa de mi grupo sanguíneo, 0-. -Ya os conté las dificultades que tenemos los que tenemos esta sangre. Somos el donante universal pero sólo podemos recibir donaciones de los que tienen el mismo RH. Antes de conectarla a la vía me avisaron de que podía sufrir efectos secundarios y que si notaba algo tenía que decirlo.

Nunca había necesitado sangre. Fue raro. Sentí como frío al abrir la válvula de la vía. Por lo demás, no noté nada más. Cuando se acabó el contenido, la enfermera me dijo que finalmente no me iban a poner la segunda bolsa. Extraño sí 😕, porque aún no me habían hecho los análisis para saber si había funcionado o no. La teoría de mi madre es que no tenían más sangre en el banco. Nunca lo sabremos.

Más tarde me empezaron a aparecer granitos en la zona de los mofletes y la barbilla. Avisamos al personal pero determinaron que no era reacción de la transfusión y que sería algo temporal.

Sintiéndome algo mejor -debía ser consecuencia del chute- nos enfrentamos a la noche del cuarto día. En principio todo iba bien, pero sobre las 22:00 h Liam empezó a llorar sin consuelo. Hasta ese día, aunque no quería dormir en la cuna, siempre dormía conmigo sin problemas. Esa noche no. Una vez más, Marc fue a preguntar al nido a ver si alguien podía ayudarnos porque a nuestro hijo se le escuchaba en toda la planta y no tenía pinta de parar. ¿Estaría malito? No lo sabíamos. Una enfermera vino y sin pestañear nos pidió la muselina con la que tapábamos al bebé. Se la dimos y lo envolvió como un gusano. Sólo se le veía la carita. Después de eso, increíblemente se calló y, engañándolo con una tetina de un biberón con gasas en su interior que le puso cerca de la boca, mi niño se quedó dormido en la minicuna. Mi total admiración y agradecimiento al personal del hospital. Durante toda la estancia nos ayudaron muchísimo. El resto de la noche Liam comía y dormía sin rechistar y nosotros pudimos descansar algo más.

Día 5, viernes.

Día 5 tras el parto, pero en realidad yo llevaba allí seis días. Ya estaba cansada de estar en esa cama acostada, con el trasero cuadrado y tenía ganas de llegar a casa. Todo el mundo me decía que estaba mejor en el hospital, que allí al menos recibía ayuda, pero yo no podía más.

Ese día mi chico tenía que ir a trabajar y mi madre esa mañana no podía venir a ayudarme, así que fue mi madrina la que vino para que no estuviera sola con el niño. A mí me daba cosa que cualquier persona tuviera que venir, pero no podía estar sola y ella estaba encantada de poder ayudarme. 😚

Una vez más volvíamos a estar pendientes de los resultados de los análisis para ver si nos daban el alta o no. Los primeros en llegar fueron los pediatras. Liam estaba bien, tenía los valores de bilirrubina dentro de valores aceptables para que le dieran el alta. No obstante, nos recomendaron seguir poniéndolo en la claridad lo máximo posible para que poco a poco fuera perdiendo el color amarillento. También nos dijeron que tenía un poco de tortícolis por haber estado mucho tiempo encajado en una mala postura antes de nacer. Así que debíamos llevarlo a su pediatra de la Seguridad Social para que le diera masajes y nos explicara cómo hacerlos para mejorar su movilidad. Esto no nos lo habían dicho en cinco días que estuvimos allí y eso me molestó un poco, porque a lo mejor podían haber empezado a tratarlo allí o habernos explicado cómo debíamos hacerlo. En definitiva, él tenía el alta y, como el día anterior, quedaba saber qué tal tenía yo la anemia.

El tiempo no pasaba o lo hacía muy lentamente. Creo que fue cerca de una hora después cuando vinieron a comunicarme que  estaba mejor y me darían el alta a mí también. Aún no tenía los papeles, pero rápidamente cambié mi pijama por el conjunto que llevé para salir del hospital. Me iba sí o sí. Cuando por fin los trajeron me hicieron unas recomendaciones para mí: tomar vitaminas y hierro hasta que los valores se normalizaran, inyectar heparina y acudir a mi matrona para que me quitase las grapas de la cicatriz. ¡Ah! Y, por supuesto, seguir teniendo precaución al coger al peque y estar alerta por si me mareaba. Para mí fue como si me dijeran que estaba perfecta. ¡Qué alegría! Ahora sólo faltaba que nos lo dieran por escrito.

¡Ay, qué bien! 😃 Para el mediodía estábamos en casa. El primer viaje de Liam en el coche fue muy bien, no lloró y fue dormido todo el camino. Al llegar a casa empezaba lo bueno de verdad. Había mil incógnitas que despejar: ¿le gustaría su hogar, su cuna, el carro, comería bien, lloraría mucho, etc?

¿Queréis saber más? Próximo capítulo en cuanto el peque me deje coger el ordenador. 😉