Mi cuarentena

Mi cuarentena

En casa empezaba lo bueno, la tan temida cuarentena. ¿Qué es? Os lo conté en un post hace tiempo aunque de forma muy teórica. Escuchas las experiencias de mamás antiguas y con hijos y mamás primerizas, como yo, y más o menos te vas imaginando. Pero no, cuando te toca nada tiene que ver con lo escuchado o al menos se le parece poco.

Primeros días de Liam en casa

Llegamos a casa y prometía ir bien. Las primeras horas fueron idílicas: Liam había dormido todo el camino desde el hospital y al colocarlo en el capazo de su carro siguió durmiendo bastante tiempo.

Los dos primeros días fueron casi calcados. Liam estaba súper tranquilo y le encantaba su nido. – Aquí hago un inciso porque el nido aún lo seguimos usando y le encanta. De los mejores regalos. Marca: El nido de mi bebé.- Fuimos recibiendo visitas todos los días. A veces venían amigos y familiares mañana y tarde, pero no se me hizo nada incómodo. Todo el que venía tenía a Liam un rato en brazos y era un muñeco.

Mis primeros días

Yo seguía con los puntos de la cesárea y estaba pendiente de ver a la matrona para que me los quitara. Eso y que aún estaba hinchada como una bota por la cantidad de suero y las transfusiones que me habían metido en el cuerpo era lo que me hacía sentir peor.

Lo bueno vino a partir del tercer día. Las noches transcurrían como siempre: lactancia a demanda cada hora o menos. Mi anemia bajita, el poco descanso, el sangrado y la piel tirante de la cicatriz me hacían seguir dependiendo de la gente. Mi madre venía cada tarde, Marc me ayudaba mucho a coger al peque por las noches, a cargar peso y con la casa, la compra, se encargó de ir solucionando todo el papeleo -que es un rollo,- mi suegra también venía cuando podía para pasear al bebé mientras intentábamos dar una cabezada.

Búsqueda de pediatra

Otra historia fue la búsqueda de pediatra. Tiramos sobre todo de recomendaciones de madres cercanas. Finalmente nos quedamos con una en el centro de salud y una que elegimos por lo privado.

Las visitas de niño sano fueron bien. Liam había perdido un poco de peso -lo normal- y tenía la torticolis que nos dijeron en el hospital que le impedía girar la cabeza hacia el lado derecho, para lo que nos derivaron a una fisioterapeuta especializada en pediatría. Para cuando vimos a ambas, Liam había empezado a sufrir de cólicos por las tardes. Por lo demás, todo acorde al tiempo del peque: reflejos bien, oído y vista bien, etc.

Visitas a la fisioterapeuta

La primera consulta a la fisio fue dura. Nos recibió y nos hizo un test para valorar si el niño tenía cólicos y en qué grado. Una vez contestamos todas sus preguntas dictaminó que tenía cólico del lactante moderado. Tratamiento: ninguno. Desgraciadamente sólo se le pueden dar unos masajes para aliviarlo y unas gotas de un pro-biótico llamado Reuteri.

El primer masaje que le dio hizo que Liam llorara desconsoladamente. Tenía a penas dos semanas y por primera vez lloraba con lágrimas. Lloró él y lloré yo. El pobre hizo pis, caca y todo lo que podáis imaginar. El padre se tuvo que salir para no verlo. Estuve a nada de coger el peque y llevármelo a casa, pero era por su bien y aguanté. Ahí no acabó la cosa. Una vez terminado el masaje de los cólicos y la guía para que lo repitiéramos en casa, vino el masaje para devolverle la movilidad en el cuello. Volvimos a llorar los dos y el papi recibió unas instrucciones con sus consiguientes avisos de precaución para hacerlo cada día hasta la siguiente visita con mucho cuidado.

Los siguientes días le administramos el pro-biótico, la vitamina D que nos recomendó la pediatra, le dimos los masajes y todo siguió igual. Cada tarde el peque se retorcía de dolor y no había cómo calmarlo. Pasadas más o menos tres horas y después de muchos mimos, muchos paseos y muchos abrazos, se quedaba “dormidito” del cansancio hasta la siguiente toma.

Reflujo gastroesofágico vs regurgitación

No recuerdo muy bien el día, pero tenía aproximadamente diez días de vida, Liam vomitó de forma brusca, echando todo lo que había tomado de leche materna. A veces echaba algo, pero en esa ocasión fue mucha cantidad. Al contárselo a la pediatra del privado ,la primera que nos atendió, me dijo que eran regurgitaciones. El día que el peque vomitó sólo estaba yo, de modo que no tenía testigos y me tuve que callar cuando me dijo que no le diera importancia.

Reflujo

Pasaron los días y Liam seguía con sus regurgitaciones y vomitaba en algunas ocasiones. La que mejor recuerdo fue una noche que, al escucharlo, me despertó y lo vi echando leche por la nariz y la boca y hacía movimientos como de estar ahogándose. Os podéis imaginar el susto que me llevé. Por suerte, otro día Marc lo vio y en la siguiente visita la pediatra le puso más interés, aunque aún con reservas. Nos recomendó que si vomitaba más de dos veces al día de forma violenta lo lleváramos al Materno para que le hicieran una ecografía y nos dijeran si Liam tenía algún problema.

Tenía tres semanas cuando un domingo se levantó vomitando y el episodio se repitió varias veces más. En un principio no hicimos nada, pero al final nos fuimos al hospital y allí le hicieron la eco y vieron que la válvula cardias, que separa el esófago del estómago, no se cerraba y por eso la leche que tomaba volvía a salir. ¡Ufff! Dentro de todo no eran malas noticias. Si hubiera sido el píloro sí podría ser preocupante e incluso requerir intervención quirúrgica para cerrarla.

Tratamiento: poco. Nos dieron una receta de un jarabe al que llamaban Ranitidina cuya función es aliviar la acidez de estómago. Al ser algo fisiológico que depende de la maduración del conducto no se puede hacer nada más que eso. A otros niños le dan Omeprazol, pero es lo mismo.

¡Pobre! “Tan pequeño y ya sufriendo,” eran las palabras de su padre cada vez que lo veía llorar. Cuando no eran los cólicos, era el mal cuerpo que le provocaban los cólicos. Como consecuencia de todo eso el niño dormía poco y se mostraba inquieto. No se le podía coger como a un bebé. Había que darle de comer incorporado y, según las recomendaciones del hospital, tener a Liam en posición vertical una hora después de cada toma. Imaginaros el panorama: anemia, sin dormir más de dos horas, enganchado al pecho unos cuarenta minutos y una hora de paseo en pie para que no vomitara.

Final

Sí, la cuarentena fue dura. Por suerte mis problemas fueron solventándose. Me quitaron las grapas -después de que un par de puntos se enquistaron-, la anemia mejoró y volvió a valores normales tras el tratamiento con Tardiferon, dejé de estar hinchada y fui recuperando movilidad lo que me permitía no tener que “dar trabajo” a las personas de mi alrededor. Lo sé, en estos casos hay que dejarse mimar y ayudar, pero yo no valgo para eso porque sufro por ellos.

Fueron pasando los días y cuando me quise dar cuenta ya habían pasado los cuarenta días y mi bebé había crecido y engordaba a pesar de los inconvenientes del reflujo y de no dormir a penas.

No todo fue malo. Como os habréis dado cuenta, suelo ser bastante realista: ni el embarazo, ni el parto, ni el post-parto son idílicos, pero tampoco son tan terribles. De este período podría destacar cosas buenas y malas.

Valoración final

Lo bueno:

  • Mi niño que cada día evolucionaba e iba aprendiendo cosas nuevas. Una sonrisa suya y se te olvidaba que no habías dormido.
  • Marc se ha encargado de todo lo que yo no podía hacer.
  • Darme cuenta de que tengo una familia (la mía y la de Marc) maravillosa que siempre está ahí para echar una mano y que le dan muchísimo cariño a Liam.
  • Saber que por muy cansada que esté siempre puedo dar un poco más.
  • Relativizar mucho. Lo más importante ahora es el bienestar de mi bebé y por supuesto el nuestro para poderlo cuidar como se merece.
  • La lactancia va genial. No tengo molestias, ni se me han agrietado los pezones y mi niño se sacia con mi leche.

Lo malo:

  • Liam necesita toda la atención del mundo porque sus pequeños problemas le hacen estar inquieto y demandar más calor humano del que era de esperar –y yo encantada de dárselo.-
  • El tiempo se pasa volando. No me cunden los días, tengo que dejar de lado mis objetivos profesionales (de momento) y el peque crece muy deprisa.
  • No tenemos mucho tiempo como pareja. Aún estamos desbordados.
  • Dar el pecho cada hora o menos. Es algo que me ha pillado “descolocada” y que me tiene exhausta.
  • No encuentro tiempo para mí. Me ducho y me visto en dos minutos –el día que me puedo duchar,- me pongo lo primero que encuentro, me peino lo justo y necesario y, por supuesto, no me pinto. Estoy muy cansada y a pesar de que me tiré todo el embarazo deseando dar a luz para dormir boca-abajo a día de hoy no he podido porque estoy incómoda.
  • Aunque en un principio tomé como norma salir todas las tardes con el peque tuve que dejar de hacerlo cuando empezó a tener cólicos porque le podía dar en cualquier sitio y era imposible calmarlo.

Pues ya veis cómo fue mi cuarentena. ¿Y la tuya? ¿Fue mejor que la mía? Espero que sí.

P.D.: seguro que me dejo muchas cosas en el tintero porque ya ha pasado bastante tiempo y, como se suele decir, uno se acuerda de lo bueno solamente. Si queréis preguntarme algo que penséis que se me haya pasado no tenéis más que decírmelo e intentaré hacer memoria.

 

Postparto en el hospital.

Postparto en el hospital.

Postparto en el hospital.

El postparto durante la primera semana no fue fácil, pero tampoco fue muy malo. Como ya os conté como fue el parto, ahora os cuento lo que fue aconteciendo por día para que valoréis vosotros.

Día 1, lunes.

La primera mañana en el hospital tras el parto fue un ir y venir de conocidos y amigos. Yo, aún bajo los efectos de los calmantes que me suministraban y la nube en la que me encontraba, pasé la tarde muy feliz.

Teníamos una compañera de habitación que había pasado por lo mismo que yo: un parto por cesárea. Su marido, ella y su hijo llevaban ingresados tres días, pero al parecer el pequeño tenía ictericia y debían quedarse un par de días más, como mínimo, para ver si mejoraba. ¡Qué bien! A pesar de compartir habitación parecía que habíamos tenido suerte y se veían apañados.

Para nuestra sorpresa esa misma tarde los trasladaron a un habitación individual por si a su bebé le hacía falta la lámpara que necesitan los recién nacidos con bilirrubina.

¿Quién vendría ahora? Nuevamente tuvimos suerte. Un poco más tarde nos trajeron a los nuevos compañeros. Eran una pareja joven. Ella tenía veinte años y él debía rondar la misma cifra. Al parecer ya habían estado ingresados la semana anterior pero no había dado a luz. Ella estaba de cuarenta y dos semanas y las contracciones se le sucedían sin llegar a dilatar. A pesar de su juventud y de los dolores que parecía tener se le veía una chica fuerte y con las cosas muy claras.

Fueron pasando las horas y nos fuimos quedando solos los tres -y los vecinos de cuarto.- Poco a poco comenzamos a ser conscientes de que nuestra realidad había cambiado. Hace a penas unas horas éramos dos y de repente -bueno tras casi nueve meses 😆-, nos habíamos convertido en tres. Marc y yo mirábamos a Liam con una mezcla de alegría, de amor incondicional y de incredulidad 😍. ¿De verdad ese pequeño que yo sostenía en brazos era nuestro? ¿Y ahora qué? ¿Dónde estaba el libro de instrucciones? No había duda, éramos padres primerizos. Con la mirada asustadiza íbamos observando cada movimiento de nuestro bebé. Como si poco a poco los conocimientos de paternidad se nos hubieran introducido en el cerebro, por arte de magia fuimos asistiendo cada una de sus necesidades: lactancia materna, cambio de pañales, dormirlo, etc.

No, no fue sencilla la primera noche. Liam, a pesar de succionar perfectamente, extraía calostro pero no le era suficiente. El llanto fue constante. Yo con las quince grapas exteriores y los puntos que tenía en el interior -nunca me dijeron cuantos eran- a penas podía moverme. No tenía fuerza en el abdomen para incorporarme. Marc tenía que acercarme al peque cada vez que demandaba comer. También tenía que cambiarle él el pañal, a menos que me pusiera al niño en la cama. Ni siquiera me podía levantar para ir al servicio. Y además sufríamos por la chica que teníamos de compañera de habitación porque así la pobre no podía descansar. En fin, la noche fue larga para que nos vamos a engañar.

Día 2, martes.

Por las mañanas la rutina comenzaba bien temprano. La habitación se llenaba y se vaciaba de empleados del hospital: enfermeros, médicos, celadores, los que traían el desayuno, etc. Así que, entre unas cosas y otras, comenzamos nuestro segundo día de paternidad en el hospital arrastrando el cansancio de nuestra primera noche en vela. Esto solo acababa de empezar. 😩

El día transcurrió con más visitas, más médicos, más pinchazos, el primer baño de Liam al que no pude asistir, aunque Marc sí y he de decir que cogió muy rápido el truquillo para luego explicármelo. ¿Creéis que le gustó al peque? Pues no. 😂 Nuestro bebé lloraba cada vez que se encontraba desnudo. Eso significa que cada vez que le cambiábamos el pañal o cuando lo bañaban berreaba como si lo estuvieran matando. Vaya escándalo liaba en la planta. Además ya éramos capaces de distinguir perfectamente el llanto de nuestro hijo aunque estuviera lejos. ¡Qué fatiga! Pero no se podía hacer nada más que aguantar. La segunda noche fue un poco más de lo mismo: lloros, pocas horas de sueño, etc.

Día 3, miércoles.

El tercer día comenzó igual: desayuno, enfermeras, médicos, pinchazos, pediatras, baño de Liam, visitas, etc. A mí me sacaban sangre cada mañana para hacerme análisis y a Liam le hacían las pruebas de rigor como la del talón. Ese día nos dijeron que el pequeño tenía ictericia y seguramente, igual que a nuestros primeros compañeros de habitación, nos cambiarían a un cuarto individual por si tenían que poner lámpara. Por un lado nos daba pena dejar a nuestra vecina, que aún no había dado a luz después de tres días. Por otro, si nos trasladaban ella podría descansar y nosotros estaríamos más tranquilos.

Supongo que ya lo sabéis pero una de las consecuencias de la ictericia es que el niño presenta un color amarillento en el cuerpo. Liam tenía ese color sobre todo en la parte superior del torso y especialmente en el blanco de los ojos. Daba penita, pero no dejaba de ser algo previsible ya que su sangre A+ y la mía 0- eran incompatibles. Por eso mismo tuvieron que pincharme para suministrarme gamma-globulina igual que hicieron en mi embarazo.

Como sufría tanto el pequeño para todo y encima tenía este problema, comenzamos la maternidad preocupados por él. Su padre lo pasaba fatal. Recuerdo que me decía: “Algo le pasa. Desde pequeñito y ya sufriendo.” 😩

El tercer día decidí levantarme para no atrofiarme y por fin pude ducharme. ¡Qué gusto, por favor! – Cómo se valora lo bien que está uno cuando está bien en los momentos en los que no lo está.-

Antes de cambiarnos de habitación vino una enfermera para decirme que yo tenía una anemia importante y que tenían que ponerme dos bolsas de hierro. Advertencias: prohibido levantarme al servicio, prohibido coger a Liam o quedarme de pie sola. ¿¡En serio!? ¡Ahora que estaba empezando a mover las piernas y dar paseos para recuperarme! 😢

Esa tarde me suministraron el hierro en vena y a la mañana siguiente me repitieron los análisis para comprobar si los niveles habían mejorado.

Nos trasladaron. He de decir que la habitación era mucho más cómoda que la anterior. Tenía un gran ventanal que dejaba pasar la luz y el baño era privado. Definitivamente habíamos ganado en intimidad y comodidad.

Creo que no os lo he dicho. No, Liam no quería dormir en la cunita del hospital. En dos palabras: “im-posible”. Consecuencia: dormía en mis brazos cada rato y yo con él porque estaba agotada. Entre lo que no dormía y mi anemia era una piltrafilla. La gente no me lo decía pero yo me veía. Estaba hinchada de tanto suero y tanta cosa que me metían y además tenía un mal color. No sé si era amarilla, blanca o verde, pero mi cara tenía más o menos un color resultante de mezclar esos tres.

Nuestra primera noche en el nuevo alojamiento fue mejor porque Marc pudo dormir con un reposapiés, yo porque estaba más tranquila de no molestar a nadie y Liam parecía que también. Sólo había un problema. Al haber sido un parto por cesárea la leche estaba tardando más de lo normal en salir y el peque no se saciaba con el calostro. Cada nada estaba enganchado en mi pecho y succionaba muy fuerte. Al seguir teniendo hambre volvía a llorar y mis pezones estaban cada vez peor. Y no, no era problema de cómo mamaba.

Esa noche mi novio se acercó al nido de la planta del hospital para ver si alguien podía venir a ayudarnos. Así fue como conocimos a la experta en lactancia del hospital. Desde aquí mil gracias. Nos ayudó mucho. En primer lugar, me tranquilizó saber que sí que tenía leche y bastante, aunque todavía no saliera suficiente para saciar a mi bebé. Me dio recomendaciones sobre como hidratarme los pezones: con mi leche, con aceite de oliva o con alguna crema de esas de farmacia. Yo había llevado Purelan, aunque he de decir que me vino mejor el aceite de oliva. También me ayudó a masajear el pecho para que saliera más. Además nos prestó una pezonera para que me la colocase en el pecho izquierdo que se me estaba empezando a agrietar. Estos remedios no fueron instantáneos, pero ayudaron a que al día siguiente sintiera menos molestias y Liam comiera mejor.

Día 4, jueves.

El cuarto día comenzó mejor. En principio todo como cada día: visitas médicas, desayuno, baño del bebé, etc. Yo aproveché la visita de mi madre para ducharme, con ella dando vueltas por el servicio por la advertencia que me hicieron los médicos el día anterior de no quedarme sola por la anemia. Además, harta ya de los camisones del hospital, me puse el pijama que había echado en la maleta. No sé, pensé que al menos así me cambiaría la cara. 😅 No sirvió de mucho, pero estaba más cómoda.

Al masajear los pechos por la noche por fin subió la leche. 👏 Se acabó el calostro y el peque empezó a comer como un campeón.

Ese día debían decirnos si nos daban el alta o no. Estábamos esperando los resultados de Liam y los míos. Fue a media mañana cuando pasó el pediatra. Al parecer mi bebé estaba mejor de la ictericia y si seguía así podríamos irnos a casa. ¡Qué bien!

Ahora sólo quedaba yo. La alegría duró poco. El médico pasó y me comunicó que, a pesar de las dos bolsas de hierro que me habían puesto el día anterior, los valores no eran buenos. Literalmente me dijo: “No te podemos dar el alta. Esta tarde te haremos transfusión de dos bolsas de sangre. Ahora mismo el valor es de 7,1 y si baja a 7 tendrías que quedarte ingresada una semana más. Básicamente tienes la mitad de la sangre que necesitamos para que el cuerpo funcione y sabemos que en casa no vas a estar relajada. Así que esperamos que con esta transfusión mejores un poco.” ¿Qué significaba eso? Pues que al menos estaríamos allí un día más. 😭 Al menos estaría más controlada, porque no es cosa de risa la falta de hierro.

Por la tarde me pusieron una bolsa de mi grupo sanguíneo, 0-. -Ya os conté las dificultades que tenemos los que tenemos esta sangre. Somos el donante universal pero sólo podemos recibir donaciones de los que tienen el mismo RH. Antes de conectarla a la vía me avisaron de que podía sufrir efectos secundarios y que si notaba algo tenía que decirlo.

Nunca había necesitado sangre. Fue raro. Sentí como frío al abrir la válvula de la vía. Por lo demás, no noté nada más. Cuando se acabó el contenido, la enfermera me dijo que finalmente no me iban a poner la segunda bolsa. Extraño sí 😕, porque aún no me habían hecho los análisis para saber si había funcionado o no. La teoría de mi madre es que no tenían más sangre en el banco. Nunca lo sabremos.

Más tarde me empezaron a aparecer granitos en la zona de los mofletes y la barbilla. Avisamos al personal pero determinaron que no era reacción de la transfusión y que sería algo temporal.

Sintiéndome algo mejor -debía ser consecuencia del chute- nos enfrentamos a la noche del cuarto día. En principio todo iba bien, pero sobre las 22:00 h Liam empezó a llorar sin consuelo. Hasta ese día, aunque no quería dormir en la cuna, siempre dormía conmigo sin problemas. Esa noche no. Una vez más, Marc fue a preguntar al nido a ver si alguien podía ayudarnos porque a nuestro hijo se le escuchaba en toda la planta y no tenía pinta de parar. ¿Estaría malito? No lo sabíamos. Una enfermera vino y sin pestañear nos pidió la muselina con la que tapábamos al bebé. Se la dimos y lo envolvió como un gusano. Sólo se le veía la carita. Después de eso, increíblemente se calló y, engañándolo con una tetina de un biberón con gasas en su interior que le puso cerca de la boca, mi niño se quedó dormido en la minicuna. Mi total admiración y agradecimiento al personal del hospital. Durante toda la estancia nos ayudaron muchísimo. El resto de la noche Liam comía y dormía sin rechistar y nosotros pudimos descansar algo más.

Día 5, viernes.

Día 5 tras el parto, pero en realidad yo llevaba allí seis días. Ya estaba cansada de estar en esa cama acostada, con el trasero cuadrado y tenía ganas de llegar a casa. Todo el mundo me decía que estaba mejor en el hospital, que allí al menos recibía ayuda, pero yo no podía más.

Ese día mi chico tenía que ir a trabajar y mi madre esa mañana no podía venir a ayudarme, así que fue mi madrina la que vino para que no estuviera sola con el niño. A mí me daba cosa que cualquier persona tuviera que venir, pero no podía estar sola y ella estaba encantada de poder ayudarme. 😚

Una vez más volvíamos a estar pendientes de los resultados de los análisis para ver si nos daban el alta o no. Los primeros en llegar fueron los pediatras. Liam estaba bien, tenía los valores de bilirrubina dentro de valores aceptables para que le dieran el alta. No obstante, nos recomendaron seguir poniéndolo en la claridad lo máximo posible para que poco a poco fuera perdiendo el color amarillento. También nos dijeron que tenía un poco de tortícolis por haber estado mucho tiempo encajado en una mala postura antes de nacer. Así que debíamos llevarlo a su pediatra de la Seguridad Social para que le diera masajes y nos explicara cómo hacerlos para mejorar su movilidad. Esto no nos lo habían dicho en cinco días que estuvimos allí y eso me molestó un poco, porque a lo mejor podían haber empezado a tratarlo allí o habernos explicado cómo debíamos hacerlo. En definitiva, él tenía el alta y, como el día anterior, quedaba saber qué tal tenía yo la anemia.

El tiempo no pasaba o lo hacía muy lentamente. Creo que fue cerca de una hora después cuando vinieron a comunicarme que  estaba mejor y me darían el alta a mí también. Aún no tenía los papeles, pero rápidamente cambié mi pijama por el conjunto que llevé para salir del hospital. Me iba sí o sí. Cuando por fin los trajeron me hicieron unas recomendaciones para mí: tomar vitaminas y hierro hasta que los valores se normalizaran, inyectar heparina y acudir a mi matrona para que me quitase las grapas de la cicatriz. ¡Ah! Y, por supuesto, seguir teniendo precaución al coger al peque y estar alerta por si me mareaba. Para mí fue como si me dijeran que estaba perfecta. ¡Qué alegría! Ahora sólo faltaba que nos lo dieran por escrito.

¡Ay, qué bien! 😃 Para el mediodía estábamos en casa. El primer viaje de Liam en el coche fue muy bien, no lloró y fue dormido todo el camino. Al llegar a casa empezaba lo bueno de verdad. Había mil incógnitas que despejar: ¿le gustaría su hogar, su cuna, el carro, comería bien, lloraría mucho, etc?

¿Queréis saber más? Próximo capítulo en cuanto el peque me deje coger el ordenador. 😉

 

 

 

El parto: semana 39 de embarazo.

¡Volvemos a la carga! Un mes después del parto, tarde lo sé, pero necesitaba tiempo de adaptación y para “disfrutar” de todo. Pero no me adelanto. Empecemos por el principio o el final según se mire… 😅

Las últimas semanas de embarazo, como os conté, las pasé bastante pesada y dedicando las tardes a dar paseos por la playa o el paseo marítimo con mis padres. Y así fue pasando agosto, hasta que llegó el sábado 18. Tras uno de esos paseos con mis familia llegué a casa algo cansada. Me acosté porque no me encontraba muy bien y a la 1:30 h llegó Marc. En ese momento, llevaba una media hora con contracciones, aunque no eran muy fuertes porque aún podía hablar (algo que nos dejó muy claro la matrona para distinguirlas de las contracciones de parto.) Al decírselo se empezó a preocupar, pero yo le tranquilicé y le dije que durmiera y que si iban a más le avisaría. La noche fue larga. Una vez más, como a lo largo de todo el embarazo, fue difícil conciliar el sueño.

A la mañana siguiente mi chico se iba a trabajar y quedamos en que si me ponía de parto le llamaría. Por si acaso, avisé a mi madre para que se viniera a casa. Poco a poco las contracciones fueron creciendo en intensidad. A media mañana decidí ir al hospital. Podía hablar, pero me dolían bastante y me paralizaba. En calidad de embarazada primeriza me fui al hospital. Para mí pensé, me voy y si no que me envíen de vuelta a casa.

Sobre las 12:00 h mi madre me llevó al hospital y tras pasar por admisionesy triaje me subieron a monitores, tras pasar previamente por la consulta de la ginecóloga, donde estuve una hora. El siguiente paso fue ver al ginecólogo que tras analizar los resultados y hacerme una exploración decidió enviarme de vuelta a casa, prescribirme monitores para el martes siguiente, no sin antes advertirme de que posiblemente volvería antes. Menuda decepción. ¿Hasta el martes con contracciones? No había nada que hacer. Fue salir por la puerta de la consulta y venirme una contracción que me dobló de inmediato como una alcayata. De hecho una bedel tuvo que llevarme al coche en silla de ruedas porque yo era incapaz de caminar.

Como vinimos, nos fuimos. A la 13:30 h llegamos a casa. Me tumbé en el sofá de lado, posición que me habían recomendado para favorecer la dilatación. Aguanté lo que pude pero me retorcía, así que a las 15:30 h volvimos a coger el coche para regresar al hospital. Entre al hospital llorando del dolor y se me vino el mundo encima cuando vi la cantidad de gente que había esperando simplemente para ser atendidos después de pasar por admisiones. Poneros en situación: domingo de agosto, mediodía, urgencias en hospital público, … Como podéis imaginar aquello estaba lleno. Qué cara tendría que en cuanto me vieron me pasaron por triaje y de ahí rápidamente a la planta de maternidad. Al llegar, varias personas del equipo médico querían que pasara por monitores nuevamente, pero la ginecóloga que me atendió en un principio me reconoció y dijo que no, que ya había estado allí y les pidió que me pasaran a paritorio. ¡Menos mal! No creo que hubiese aguantado volver a casa en el coche.

Así comenzó la odisea. Me pasaron a la sala número 3 -os dije alguna vez que este era mi número de la suerte ¿no?- Mi madre que me acompañó durante las primeras horas avisó a mi novio, quien en poco tiempo pidió permiso en el trabajo y vino al hospital.

 

Todo listo para dar la bienvenida a Liam

Todo listo para dar la bienvenida a Liam

¡Por fin! Después de muchos preparativos, inconvenientes y retrasos, lo hemos conseguido. Jaja Ha parecido una carrera de fondo, pero se acabó. Ya está todo listo para dar la bienvenida a Liam.

Ya tenemos la sillita con Isofix colocada en el coche. No os voy a decir que fue fácil de colocar, porque tardamos como una hora. 😆 A lo mejor no es tan complicada, pero nos costó. Como os comenté cuando hice la lista de nacimiento, nos decidimos por la http://www.bebeconfort.com/es-es/sillas-de-auto/axissfix-plus.aspx, recomendada por el RACE, con sistema Isofix y giro de 360º para facilitar la colocación del bebé sin que sufra nuestra espalda. Además es válida desde el nacimiento hasta los 4 años de edad (19 kilos) aproximadamente.

El carrito lo tenemos colocado en el salón. Nos lo ha prestado mi amiga Mary. Ya está limpio y sólo nos queda colocar las sábanas, pero lo dejo para cuando volvamos del hospital, ya que antes no nos va a hacer falta y así no acumula polvo.

La cuna también nos la ha prestado Mary y además nos la han montado. 👏 ¡Gracias! Tiene la posibilidad de bajarle uno de los lados para así poder hacer colecho con Liam. Ahora mismo parece gigante, pero seguro que el gordito está muy a gusto dentro. La verdad es que es un poco raro verla montada ahí al lado sin nadie dentro. A veces lo hablamos cuando la miramos e intentamos hacernos a la idea de que en unos días estará tumbado a nuestro lado, después de todo lo pasado.

Las bolsas para el hospital. Ya os lo enseñé en un post hace poco. Solo nos queda meter las cosas de última hora: cargador del móvil, cepillos de dientes, la ropa para salir del hospital (para que no se arrugue), etc.

Los documentos también están ordenados y localizados para cogerlos y salir corriendo el día D. Me falta por meter lo que me den cuando empiece con los monitores el viernes 17 de agosto.

Estos días hemos seguido recibiendo regalitos de la familia (fular portabebé, sábanas, arrullo, gimnasio, más bodies y repita, peluches, trona, etc.) Casi no queda nada en la lista de nacimiento de la tienda que os conté. Ya veremos si se me ha olvidado algo importante, pero si es así lo iremos comprando sobre la marcha.

Además, ayer recogí los resultados de los últimos análisis (los que me hice la semana pasada) y están todos perfectos: la reserva de hierro dentro de los valores normales, las hormonas tiroideas también bien, ya no tengo infección de orina y el estreptococo grupo b negativo.

¡Ay! ¡Qué descanso! Ahora a disfrutar de estos días que nos quedan, de la familia y los amigos que se acuerdan de nosotros y quieren vernos antes de… Por cierto, aprovecho para comentaros que estos días voy a reducir el número de post del blog a dos, miércoles y viernes, y haré un repaso de los primeros que publiqué sobre reproducción para los que no los leísteis y queréis conocer la historia. En redes sociales seguiré actualizando cada día, si puedo, por si me queréis seguir la pista o preguntarme algo.

Un beso a todos los que me leéis. 😘

 

Revisión de la semana 36 de embarazo

Revisión de la semana 36 de embarazo

¡Buenas tardes! Como os avisé el viernes pasado, hoy el post llega por la tarde porque hemos ido a la última revisión de la semana 36 de embarazo en la clínica privada y quería contároslo.

Finalmente, y una vez más, no le hemos visto la cara. Ha sido imposible. Le encanta estar pegadito a la placenta, así que no hay manera. Sí hemos visto que está muy encajado ya, cabeza abajo, la espalda por el lado izquierdo y pies en el derecho. Todo sigue muy bien mediciones, ritmo cardíaco, etc. Y como hasta ahora el peque viene de unos ocho días más de adelanto. Según los datos de biometría está acorde a 37 semanas y 6 días (ya sabéis que cumplimos la semana 37 este jueves que viene). En cuanto al peso estimado según las mediciones ronda ya los 3170 gramos. Así que muy bien. Un bebé hermoso.

Por lo demás, tengo la placenta anterior normoinserta que, aunque suene mal, sólo significa que está bien colocada y no tapona el cuello del útero por donde tiene que salir Liam. El líquido amniótico también presenta valores normales. La tensión está en 10/7, o sea que muy bien también. Y…, redoble de tambores, yo también estoy más gordita: 77,700 kilos, lo que quiere decir que llevo unos 15 kilitos de más.

En cuanto a mis sensaciones, sigo sintiéndome cada vez más incómoda. Nada raro para la fecha en la que estamos. Este fin de semana no he parado y he estado andando bastante, por lo que he podido sentir como me pesa el cuerpo más y más y como se me van hinchando sobre todo las manos. Sigo sufriendo de calambres nocturnos que sumados al calor me impiden conciliar el sueño, pero esto ya es como normal. No recuerdo la última vez que dormí bien.

En definitiva, todo muy bien y seguimos descontando días. ¿Alguna apuesta sobre cuál será la fecha de parto? jijiji Tengo monitores el día 17, ¿creéis que llegaré?